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Las últimas reacciones de Mou le muestran más desquiciado que nunca. Carlin le compara a Salieri.

- “El fútbol es infinitamente más importante que unos pedantillos del mundo de la cultura paseándose por la Royal Opera House”. Terry Dicks, ex parlamentario conservador británico

Película recomendable para acompañar el principio de esta temporada de fútbol: Amadeus, ganadora de ocho Oscars, estrenada en 1984, cuando Guardiola era recogepelotas en el Camp Nou, Mourinho era un chaval de 21 años y Messi y Cristiano todavía no habían nacido.

La trama se centra en un señor que, carcomido por la envidia, acaba enloqueciendo ante el éxito y la admiración universal que cosecha su gran rival. El señor, que narra la historia de manera retrospectiva y confesional, es el compositor Antonio Salieri. El rival es Wolfgang Amadeus Mozart.

Salieri es el músico más famoso y reputado de Europa hasta que irrumpe en escena el joven Mozart, ante cuyo genio se rinden las multitudes. A Salieri le corroe el éxito de Mozart, y más aún porque sabe, en el fondo de su corazón, que su rival se lo merece. “Era música como nunca había oído”, reconoce Salieri, llorando de rabia, “…como si estuviera oyendo la voz de Dios… La belleza más absoluta”. Continuar leyendo »

Después de unos días calientes post Barça-Madird, una lectura de los acontecimientos desde Argentina. Parece que en el extranjero lo ven más claro que en Madrid…

“Con Messi no se puede. Ha venido en ojotas y… dos goles”, dijo Gerard Piqué en la zona mixta luego del partido. El genio del fútbol mundial lo hizo de nuevo. Más participativo y aún más determinante que en el Bernabéu, le dio a Barcelona la Supercopa española, el undécimo título oficial del ciclo Guardiola. Diez días atrás, estaba tomando sol en Ibiza. Cada día juega mejor. Aquella versión de extraordinario solista, retratada en ese golazo a Getafe modelo 2007, ha quedado muy atrás, empequeñecida. Hace ya dos años que es un crack de toda la cancha. El equipo trabaja para él y él le da sentido a ese esfuerzo colectivo. Leo es mejor gracias a sus compañeros y, simultáneamente, él los hace mejores. Hace dos meses pedí como política de Estado que no se incluyera en la misma frase las palabras “Messi” “juega” “Argentina” y “Barcelona”. A aquellos que no resisten la tentación de comparar, les recomiendo un libro imprescindible llamado “¿Qué es la Continuar leyendo »

Corría el año 1941. El yugo de los nazis amenazaba a Europa, los ejércitos de Hitler habían invadido la Unión Soviética y Kiev, la capital de Ucrania, caía bajo el empuje de los tanques alemanes el 19 de septiembre. Durante los meses siguientes la ciudad se convierte en un infierno de miseria, muerte y desesperación. Sobre todo para los presos soviéticos liberados, a los que no se les permitía trabajar ni vivir en casas propias, condenándolos a la indigencia. Entre aquellos soldados, después de haber escapado con vida de un campo de prisioneros, se hallaba Nikolai Trusevich, el gigantesco portero del Dinamo de Kiev. El estallido de la guerra había acabado por disolver su equipo, y Trusevich sobrevivía al frío y al hambre en absoluta mendicidad. Vagaba por las calles de Kiev sin haber probado bocado en varios días, con agudos síntomas de desnutrición y sin techo alguno donde cobijarse. Fue entonces cuando Josef Kordik, un panadero de origen alemán, reconoció a su ídolo nada más verlo. En tiempos de paz le hubiera pedido un autógrafo, pero a Kodrik no le iba nada mal en tiempos de guerra, y decidió aprovecharse de él. Le ofreció algo de comida, le dio un abrigo raído y le contrató como barrendero de su negocio. A cambio, le encargó encontrar a sus compañeros, los jugadores del poderoso Dinamo de Kiev, a los que fue contratando poco a poco para trabajar en la panadería. Continuar leyendo »

Ezequiel nos explica la masia de Luján desde Argentina. Nada mejor en un momento en que la directiva de Rosell se plantea cerrarla.

Hay un club en la Argentina que sí busca jugar como el Barcelona. Sus equipos tienen nombre y camiseta de la escuadra catalana. Forman con el clásico 4-3-3 de Josep Guardiola. Usan todo el ancho de la cancha. Tocan con paciencia hasta que generan el espacio que permita llegar al gol. Se asocian y se mueven para que el poseedor de la pelota siempre tenga opciones de pase. Asumen el riesgo de achicar hacia adelante. E intentan cuidar siempre las normas del fair play. Sin embargo, el futuro del Fútbol Club Barcelona Juniors Luján está bajo riesgo. Sandro Rosell, presidente del club catalán, vio este sábado con sus propios ojos al Barcelona argentino. Cuentan que se llevó una agradable sorpresa. Fueron seis partidos de distintas categorías contra Racing. Tres triunfos y tres empates. Junto con él estaba Jorge Messi, padre de Leo. Rosell, que vivió de niño en Haedo, pues su madre es argentina, debe achicar gastos. La prensa catalana dice desde hace semanas que la escuela cerrará el 31 de diciembre. La decisión final está en manos de Rosell.

La idea original del Barcelona “made in Argentina” fue albergar a nuevos Messi. Formarlos en su propio país para evitar el desarraigo, según decía el texto fundacional. Cuentan que Messi lloró sin parar cuando tenía doce años e hizo su primer y definitivo viaje a Barcelona. Y que siguió llorando muchas tardes en su habitación del Hotel Plaza, en el barrio De Sants, aunque jamás pidió volver. Barcelona, consciente de que tenía un diamante en bruto, lo cuidó siempre. No dudó en pagarle el tratamiento hormonal que ayudó a resolver los problemas de crecimiento y lo sumó a La Masía junto con los demás niños de su cantera. Tampoco dudó cuando hace dos años se desprendió de Zlatan Ibrahimovic. El sueco fue el fichaje más costoso de su historia, 67 millones de euros. Al año se lo sacó de encima y lo vendió al Milan por apenas 24 millones. Sin Ibrahimovic, Messi, dueño indiscutido de la posición de número “nueve”, jugó como nunca. Y Barcelona ganó todo. Continuar leyendo »

Sergi Pàmies sobre la idolatrización de Guardiola. Hace tiempo que vengo pensando que Guardiola necesitaría de un contrapeso dentro del club para no terminar Cruyffeando en exceso. Laporta cumplía en parte ese papel.

Ahora que no peligra ningún título ni la estabilidad del Barça, y antes de que estalle la traca del fichaje de Cesc, es un buen momento para reflexionar sobre la idolatría –inducida y espontánea– que genera la figura de Guardiola. Es una ola de admiración que nace de una realidad objetiva, pero que, expandiéndose en círculos concéntricos, se aleja –a veces hasta el delirio– del sentimiento original.

La desmesura santificadora utiliza mecanismos religiosos primarios e infantilizadores. La percepción popular y la excelencia profesional están en el origen del fenómeno. Cuando se obtienen resultados, la fe compartida cohesiona, y la dimensión pública del héroe refuerza la posibilidad de convertirlo en ejemplo. Pero del mismo modo que algunos cantantes no pueden controlar la carga simbólica de una canción, y deben resignarse a la idea de que “ya no les pertenece”, Guardiola tampoco puede tutelar los efectos colaterales de su aureola.

Con una paradoja: la humildad, que está en la base de la conducta individual y colectiva del equipo, debería ser incompatible con los vertidos de baba que provoca. Como suele ocurrir, el sujeto puede ser el primero en lamentar las interpretaciones desproporcionadas de las que es objeto. La excusa de que el fútbol es un territorio sentimental no puede justificarlo todo. Si, con buen criterio, no aceptamos que la devoción y la militancia degeneren en violencia y fanatismo, también debemos recelar de la adulación como cemento de pedestales innecesarios. Pero lo más perverso es cuando la admiración sirve de coartada para crear subindustrias parasitarias adosadas al fenómeno. Interpretar a Guardiola en función de los propios intereses, pues, es una moda oportunista.

Aplicando valores tan antiguos como el esfuerzo, el compromiso y el sentido común, Guardiola brilla en la dirección del equipo. Negarlo nos haría caer en la simétrica estupidez de la iconoclastia ciega. Pero que la industria de la autoayuda y de la motivación intente adaptar sus intereses a la lógica de un entrenador (que no podemos separar de un contexto colectivo en el que intervienen multitud de factores) es un timo.

Hace unas semanas, TV3 emitió un 30 minuts dedicado al efecto Guardiola. Teorizar sobre la actualidad es un placer, pero en los testimonios quedó clara la frontera entre la reflexión saludable y la caradura del buitre que, con el viento a favor, se apropia de las luces ajenas para disimular las propias sombras. En aquel programa, el filósofo Josep Maria Terricabras reflexionaba sobre la solidez del fenómeno. Se preguntaba si cuando el Barça pierda se mantendrá este delirio reverencial (también podríamos especular sobre cómo reaccionaría el entrenador en una espiral perdedora). Dado que ni Terricabras ni ningún culé desea comprobarlo, sería bueno desmantelar la estafa santificadora de un modo preventivo, rebajar los excesos guardiolacráticos (Guardiola y la empresa, Guardiola y la educación, Guardiola y los valores, Guardiola y la verdura, Guardiola y la economía) y limitar la aureola del entrenador a un ámbito más privado o, en su dimensión pública, a los contratos publicitarios que él decida aceptar (Guardiola y la banca).

Pero, más allá del efecto pedagógico de una figura con virtudes demostradas, y de la contribución ejemplificadora que supone (especialmente en un contexto de dificultades y mediocridad), la exageración acrítica y el culto atrofian el criterio, la inteligencia y la razón. La gratitud, el respeto y la admiración que muchos culés sentimos por Guardiola (como representante de un equipo) nos obligan a protegernos de aquellos que quieren convertirlo en fuente de beneficio fácil, en prestación espiritual sustitutoria o en líder de una charlatanería que lo aleja de su hábitat natural: el fútbol.

Daimiel reflexiona sobre el componente racial de las últimas finales de la NBA. No es futbol, pero la reflexión es universal.

El baloncesto tiene sus raíces inquebrantables, sus esencias imprescindibles. Esos principios son los que son y no los que a veces nos cuentan. El uno contra uno es el principio de los tiempos, el libro del Génesis. En vez de Adán, Eva y una serpiente en el Paraíso el baloncesto se generó con un jugador, otro, un balón y una canasta. La calle, como la selva, es lo que más nos sugiere ese proceso germinal. La capacidad y el acierto a la hora de tirar, tan genéticos y a la vez tan dependientes del método y la repetición son mandamientos también primigenios. El baloncesto ganó complejidad y temática según se avanzó en el concepto colectivo. El tacticismo de los entrenadores ha intentado durante décadas depreciar el uno contra uno porque sobre ese baloncesto el técnico no tiene ningún control ni intervención. Pero lo han vestido de modernidad vacía, de frivolidad reciente cuando resulta que es núcleo de la gestación de este juego. Muchos se desprenden del desarrollo físico y la capacidad atlética de los jugadores, que ha sido explotada sin piedad e instrumentalizada para que los entrenadores muscularan su pizarra y según conviene también lo introducen en el equipaje de lo trivial y de, como se suele definir, los highlights que también explota la NBA.

Este debate ha estado plenamente integrado en las NBA Finals 2011. Se ha dibujado una polea de contrapesos entre dos baloncestos, entre dos maneras de ser y de actuar. Dos realidades contrapuestas que han dado lugar, por ejemplo, a la mejor audiencia televisiva en un sexto partido de una Final desde el año 2000. Continuar leyendo »

Miguel Mora expone el sentimiento colchonero.

Un año después de levantar dos copas europeas, la afición del Atlético está al borde de la desesperación. Unos rompen sus camisetas, otros rasgan sus abonos, todos lloran paseo de los Melancólicos abajo. Muchos sospechan que está en curso la tragedia largamente anunciada. La liquidación del club. La desaparición. La estocada final ya está preparada y no podría ser más simbólica ni cruel: Agüero jugando en el Madrid.

Muchos datos indican que asistimos al final de una historia maravillosa y pendular, hecha de épica y seda, de derrotas imposibles y victorias heroicas, cuajada de títulos y poesía: Silva, Ben Barek y Escudero; Mendoza, Peiró y Collar; Adelardo, Luis y Gárate; Pereira, Leivinha y Rubén Cano; Schuster, Manolo y Futre; Molina, Pantic, Simeone y Kiko.

El clima entre los colchoneros oscila entre la desolación y la paranoia. Los hay que achacan la marcha del Kun a un pacto oculto entre Florentino Pérez y Miguel Ángel Gil y otros prefieren llamar “rata” y “mercenario” a uno de los mejores delanteros de la historia del club sin darse cuenta de que lo único sensato que puede hacer es irse. Como ha dicho y le pasó a Fernando Torres, no le queda otro remedio para seguir creciendo. Este Atleti es una ruina y no puede competir (de hecho, no lo hace desde 1996) con el Madrid y el Barcelona. Continuar leyendo »

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