El argentino Ernesto Lazzatti, que fue jugador y entrenador –le llamaban el Pibe de Oro–, hizo una clasificación muy inteligente de los aficionados: “El que acude a ver a un equipo va a verlo ganar. El que va a seguir un partido va a ver jugar”. Estas dos predisposiciones ideológicas y emocionales eran casi incompatibles. Por suerte, el tiempo y la excelencia de algunos equipos del fútbol moderno han logrado borrar las fronteras entre la exigencia del buen juego y la eficacia competitiva como objetivos antagónicos.
Hoy los aficionados que acuden al Camp Nou quieren ver jugar a su equipo y también ganar, que fue lo que ocurrió contra el Zaragoza. El sábado, además, quedó claro que existe una tercera categoría que el gran Lazzatti no predijo: los que salen corriendo del estadio para llegar a tiempo y ver a un equipo con la voluntad de que a) pierda y b) juegue mal. Presionados por la continuidad taquicárdica de los horarios, muchos culés aprovecharon el resultado del Camp Nou para marcharse prematuramente y poder ver el Valencia-Real Madrid.
Podríamos discutir si es saludable estar pendiente de lo que hace el máximo rival, pero basta conversar con muchos culés para entender que, con demasiada frecuencia, su concepción del fútbol pasa por controlar, con una dependencia patológica, al Real Madrid. De modo que, con una voracidad anímica acaparadora, desean que el Barça juegue bien, que gane y que, además, el Madrid pierda jugando fatal. Esta ambición desmesurada tiene un riesgo: no estar nunca satisfecho del todo, pese al privilegio que supone estar viviendo una década futbolísticamente excepcional.
Si dependes de tantas variables, resulta más difícil paladear la satisfacción absoluta. Sólo con el juego del sábado debería ser suficiente para contentarnos, pero, además, está el resultado (4-0), tranquilizador y reparador de neurosis artificiales. Pero como la televisión y el calendario empaquetan las emociones y las compactan sin darnos tiempo a digerirlas, cuando aún estamos saboreando la victoria y la forma de conseguirla, ya hay culés que desconectan y que concentran toda su energía en, a través de un sistema telepático de vudú, influir en la derrota del Madrid. Y si el Madrid gana, entonces es importante que existan jugadas dudosas y alguna escena de incontinencia expresiva por parte de Mourinho.
A veces olvidamos que la finalidad de este gran invento llamado fútbol es producir un tipo de satisfacción distinta a todas las demás. Pero la narrativa actual de la competición antepone la rivalidad y la confrontación al éxito del deber cumplido y al orgullo de compartir los medios para alcanzarlo. Una de les perversiones de este contagio permanente de pulsiones mediáticas artificiales es que distorsiona la digestión, más natural y lógica, de la satisfacción. La imagen que mejor resume este sentimiento son las prisas de los culés que, con los ojos inyectados en sangre, bajaban las escaleras del Camp Nou no pensando en el placer provocado por el gol de Messi, la concentración de Villa, la polivalencia de Fàbregas o los remates de Piqué y Puyol, sino imaginando una victoria apabullante y humillante del Valencia contra el Madrid.
En los momentos más íntimos de una pareja veterana, hay quien, para estimularse, imagina que está compartiendo cama con George Clooney, Nacho Vidal, Eva Mendes o Veronica Vanoza para que la experiencia sexual mejore y no sea tan rutinaria o deprimente. Es un recurso triste, pero legítimo. Lo que hacen algunos culés, en cambio, es más raro. Teniendo la posibilidad de fornicar repetidamente (y metafóricamente) con Clooney, Vidal, Mendes o Vanoza, pierden tiempo y energía en desear que el Madrid sufra una disfunción eréctil crónica.