Manila, 1 de octubre de 1975. Muhammad Ali y Joe Frazier, los dos mejores pesos pesados de la historia del boxeo, exploran su miedo y su odio mientras se destruyen. El aire acondicionado se ha estropeado en el pabellón y la temperatura ambiente en el ring es de más de cuarenta grados. Ali está desfondado,tiene el pánico dibujado en sus ojos, y da la sensación de tener rotas todas las venas de los brazos, tras haber soportado las embestidas de su rival. Frazier está más herido. Su cara, tumefacta, se ha convertido en una masa informe de carne; tiene el ojo izquierdo completamente cerrado y está medio sordo. Su entrenador, el venerable Eddie Futch, comprueba las heridas de Joe y cuando éste hizo ademán de levantarse para afrontar el último de los quince asaltos, le grita: “Siéntate hijo, es suficiente, nadie olvidará jamás lo que habéis hecho aquí hoy”. Después, para proteger la vida de su púgil, tira la toalla. El rincón de Frazier, desolado por el estado de su boxeador, no acierta a escuchar las voces de Tommy Frazier, uno de los hermanos de Joe, que, apostado junto al rincón de Ali, grita desesperado a su hermano: “Ali está pidiendo que le corten los guantes, no va a seguir, no va a seguir”. Pero Eddie Futch no lo escuchó y tiró la toalla. Ali, enloquecido por su victoria, se levanta como un resorte para levantar los brazos, ha vuelto a ser “El Más Grande”. Esta vez, para siempre. Segundos después, roto por el esfuerzo y el castigo recibido, Ali se derrumba sobre el cuadrilátero. Había ganado el mismo día que había recibido la paliza de su vida. David Halbeerstam, Premio Pulitzer, fue certero a la hora de dibujar una rivalidad sin precedentes en la historia del deporte mundial: “Frazier y Ali, les guste o no, son cada uno de ellos prisionero del otro y de lo que pasó en cada una de esas tres noches en las que se enfrentaron”.
Ali y Frazier llegaron a la ‘Thrilla in Manila’ (‘Paliza en Manila’, eslogan publicitario de su tercera pelea), para dirimir su enfrentamiento definitivo. Con anterioridad a esa confrontación, Joe Frazier derrotó al “Bocazas de Louisville” el 8 de marzo de 1971 por puntos en Nueva York. La efervescencia de Frazier, su tenacidad en la pelea y su extraordinaria capacidad para leer la guardia de Ali fueron las tres claves más destacadas de la impresionante crónica de Norman Mailer. Otro ilustre, Frank Sinatra, ‘la voz’, siempre relacionado con La Mafia, tampoco perdió detalle desde su privilegiada silla de ring. Frazier se agrandó y Ali, por primera vez, se resquebrajó. Un gancho de izquierda, eléctrico y vigoroso, inmortalizado por las cámaras, fulminó a Muhammad que, a duras penas, se levantó y consiguió acabar el combate en pie. Pero ese gancho provocó una herida mental sin precedentes en el hasta entonces campeón. Ali se había pasado los meses previos al combate llamando “chimpancé”, “torpón” y “feo” a Frazier, pero se encontró con un gancho de izquierda que le hizo besar la lona por primera vez en su carrera. Tras proclamarse campeón del mundo en la denominada “Pelea del Siglo”, Joe mandó un recado a través de la prensa: “Él peleó con la boca, yo lo hice con los puños”. La mañana siguiente al combate, Ali se recuperaba de una mandíbula inflamada en el cuarto de su fastuoso hotel, cuando el servicio de habitaciones llamó a su puerta para llevarle el desayuno. “¿Dónde dejo el desayuno, campeón?” dijo el camarero. Ali se encogió de hombros y corrigió al chico: “No me llames campeón, ya no soy el campeón. Ahora el campeón es Joe”.
Inmerso en su azarosa vida personal, trufada de extravagancias, mujeres, tribunales y deudas con el fisco, Ali juró volver a recuperar su corona. Quería volver a enfrentarse a Frazier, pero un capricho del destino, llamado George Foreman, se interpuso en su camino. “The Big George” maltrató literalmente a Frazier, lo envió a la lona hasta en seis ocasiones, y se coronó como nuevo campeón del mundo. ["Cuando pego a un tipo y se hace añicos contra el suelo"]. Después, en Kinshasa, Zaire, Ali lograría vencer allí donde Frazier había sido derrotado. Promocionado por Don King, una sanguijuela de cuidado en su esquina, y con toda África a su favor (Foreman cometió el error de aterrizar en Zaire con un perro de la misma raza que la policía local usaba para sus abusos y detenciones), Ali planeó cómo recuperar su trono. Foreman era una trituradora, una máquina de romper huesos y las apuestas estaban 3 a 1 a favor de Ali. A favor de que Ali no pasaría…del tercer asalto. En la conferencia de prensa antes del “rugido en la jungla”, el enviado especial del Herald Tribune preguntó a Ali sí tenía miedo. El dardo en la palabra, vomitó: “He estado talando árboles…Me he peleado con un aligator…Me he pegado con una ballena…He esposado al trueno y he metido al rayo en la cárcel. La semana pasada asesiné a una roca, lesioné a una piedra y mandé al hospital a un ladrillo”.
Cuarenta y ocho horas después, Ali abandonaba su viejo estilo de bailar sobre el ring (vuela como mariposa, pica como abeja) y daba una lección a Foreman al estilo “rope a drope” (dejarse pegar en las cuerdas, para agotar al rival, desfondarle, y después, noquearle), tapando la boca a todos los periodistas. Alí en su versión más épica, se recreó en las cuerdas, agotó a Foreman, encajó todas las manos como si fuera un “punching ball” y después, cuando “The Big George” dio síntomas de fatiga, entró en acción. Foreman, al ver que Ali no se había desplomado al suelo después de haberle sometido a un castigo que habría mandado a dormir a un elefante – “pegas como una niña George, pegas como una niña” le repetía Ali al oído-, se desconcertó y se vino abajo. En mitad de una tormenta que cubría el manto de estrellas de la noche zaireña, Alí descargó un uno-dos salvaje que casi arrancó, de cuajo, la cabeza de Foreman. Con un grito unánime como banda sonora, ["Alí, bomaye" - Alí, mátalo], el campeón notó el dolor y Ali, en un ataque eléctrico, acabó su trabajo de demolición mental pegando en serie. Desmadejado y roto, Foreman caía al piso como un saco de patatas. Su cuerpo, demolido, yacía en la lona, situada justo debajo de una sala de tortura donde las milicias del dictador Mobutu había mandado asesinar a cientos de presos políticos. Ali, eufórico después de jugar con la muerte entre las cuerdas, gritaba a los periodistas: “Ahora os tragáis vuestras palabras, soy El Más Grande”. Y los periodistas, se las tragaron. Como cuando Ali, entonces Cassius Clay, derrotó a Sonny Liston. El bocazas había vuelto a conseguir lo imposible.
Con Foreman fuera de circulación, el show requería una revancha entre Joe Frazier y Muhammad Ali. La revancha entre los dos titanes se produjo el 28 de enero de 1974. Esta vez “El Más Grande” se preparó a fondo y encontró la manera de superar la presión asfixiante de Frazier, un auténtico “pesado”, un especialista en pagar el fielato (aguantar una manta de golpes, mientras se sigue avanzando para conectar los propios). Ali comenzó su guerra en los periódicos: “Joe Frazier es demasiado feo y tonto como para ser Campeón del Mundo”. Sostuvo esas palabras en el ring: volvió a su rapidez letal con el juego de piernas (“Soy tan rápido que anoche apagué el interruptor de la luz en mi cuarto del hotel y estaba en la cama antes de que el cuarto estuviese a oscuras”) y conectó sus mejores jabs (“Si sueñas con ganarme, será mejor que despiertes y pidas perdón”). Frazier contraatacó con su gancho, su swing ‘sureño’ y con su indiscutible ardor guerrero, pero cayó a los puntos tras una discutible decisión de los jueces. Días después del combate, Red Smith y Dave Anderson, dos autoridades del noble arte, apoyarían en The New York times la tesis de que el “humeante” Joe Frazier jamás debió haber perdido aquella pelea. Pero la perdió.
Los dos llegaron a la pelea definitiva, en Filipinas, en 1975. Los dos sabían que después de Manila, habría un antes y un después. Frazier quería recuperar su autoestima, estaba dispuesto a cerrarle la boca a su oponente y entrenaba, en sesiones dobles, como una bestia. Ali, todo púrpura, publicitó el combate flirteando a su estilo. Primero se paseó de la mano con una exuberante modelo y después, se permitió el lujo de piropear en público a Cory Aquino, que llegaría a ser presidenta de Filipinas. Cuando las cámaras se apagaban y los periodistas no estaban presentes, Ali se machacaba en el gimnasio. Sabía que Joe no estaba en su mejor momento, pero intuía que iría a muerte, movido por el odio hacia él y que debía estar preparado para todo. No se equivocó. Aquella batalla de mamuts en Manila acabó cuando Eddie Futch no quiso prolongar el sufrimiento de Frazier y tiró la toalla, en una noche que incendió las televisiones de medio planeta. Después del abandono de su rival, “El Más Grande” alcanzó los vestuarios, exhausto, y pidió que llamaran al hijo de Frazier. Arrepentido por sus permanentes descalificaciones hacia Joe, al que tachó de “orangután de feria” y “Tío Tom”, Ali pidió perdón al hijo de Frazier [ Joe dijo no entender que Alí se disculpara por sus gases verbales ante su hijo y no ante él]. Cuando trató de poner paz en su conciencia, Ali se presentó ante los periodistas. Estaba fatigado y tenía la cara tumefacta, desencajada. “Antes de nada – balbuceó- quiero decir que Joe Frazier es un gran boxeador, un grandísimo boxeador. Este combate en Manila ha sido lo más parecido a la muerte que he vivido”.
La rivalidad entre Ali y Frazier, eterna e inmortal con el paso de los años, jamás desapareció. Ali trató de alargar su carrera hasta más allá de los límites de su propio reloj biológico, llegando a ser campeón en los 60, los 70 y los 80. Cuando colgó los guantes, Muhammad tuvo que enfrentarse al peor de sus rivales: La enfermedad de Parkinson golpeó más fuerte que cualquiera de sus oponentes. Pero Ali, siempre optimista, siempre vitalista, siempre pensó que el Parkinson podría dominar su cuerpo, pero no su mente. Cuando le preguntaron sobre cómo le gustaría ser recordado, contestó: “Me gustaría que dijeran que tomó unas cuantas copas de amor, una cucharadita de paciencia, otra de generosidad, una pinta de bondad… que tomó un cuarto de risa, una pizca de preocupación y, a continuación, mezcló predisposición con felicidad, agregó mucha fe y lo mezcló todo muy bien, extendiéndolo a lo largo de su vida y ofreciéndolo a cada persona merecedora que se encontró en el camino”. Joe Frazier, a pesar de sus intentos, nunca volvió a ser el mismo. Tras caer con Ali, se desentendió de su carrera y tras hacer algún dinero, abandonó los cuadriláteros. “Lo dejo, estoy cansado. Le he dado al boxeo mucho. Y el boxeo me ha dado mucho a mí. Espero que los aficionados me recuerden como un campeón que siempre pensaba en retroceder nunca, en rendirse jamás”. Su trilogía, siempre presente para los aficionados y los periodistas, unida a su rivalidad, eterna dentro y fuera del cuadrilátero, encontró una increíble extensión en sus familiares. Las hijas de Ali y Frazier, en una prolongación del árbol genealógico de la raza de sus padres, también llegaron a subirse al ring para revitalizar las batallas de sus progenitores. Laila Ali, emulando a Muhammad, también salió victoriosa.
Gracias a un magnífico reportaje de Alejandro Delmás para el diario AS, el mundo pudo conocer que Joe Frazier, a comienzo del siglo XXI, había dilapidado gran parte de la fortuna que sus puños amasaron, aunque negaba que viviera en un estado de semi-mendicidad. Sobrevivía regentando un gimnasio en North Broad Street, Filadelfia, donde seguía siendo una celebridad en el barrio. Hoy Joe sigue pensando que no perdió ninguno de sus tres combates con Ali: “Tendría que haber sido el ganador de los tres combates con Ali. En mis recuerdos, yo no me veo perdedor de ninguno de esas peleas, aunque ya sabe que la Historia me cuenta dos derrotas”. Durante el año pasado, Joe siguió repartiendo consejos a los jóvenes que acudían a su modesto gimnasio para “hacer guantes”, y siguió recluyéndose en casa, todos los fines de semana, para escuchar la música del grupo que él mismo lideró como vocalista, “Joe Frazier and The Knockouts”. Ferviente admirador del reverendo Martin Luther King y firme defensor de que su hijo Marvis debió haber sido campeón de los pesos pesados [cayó noqueado ante Mike Tyson, El Terror del Garden], se mostraba feliz por haber salido ileso de un reciente accidente de tráfico, y se encontraba aún convaleciente de una operación de espalda que no le impedía presentarse, cada mañana, en su gimnasio. Cuenta la leyenda que Frazier sigue obsesionado con Ali [durante cierto tiempo, en su contestador teléfonico, podía escucharse "Soy Joe, astuto como un zorro, ya sabes, el que le hizo ‘eso' a Ali, deja tu mensaje después de oír la señal..."]. Su hijo Marvis llegó a contar que, en 1996, él y su padre veían por televisión cómo Ali llevaba la antorcha para encender el fuego de la Olimpiada de Atlanta. Marvis le dijo a su padre: “¿Papá, que sientes cuando ves ahí a Ali?”. Frazier contestó: “Creo que alguien debería empujarle a las llamas”. Marvis volvió a la carga: “¿No lo dirás en serio, verdad papá?”. Joe remató: “Por supuesto que sí”.
Todo cambió cuando Ali pidió disculpas a través de The New York Times: “En el calor de la ocasión, dije cosas sobre Jose Frazier de las que me arrepiento. Pido disculpas por ello, todo formó parte de la promoción de la pelea”. Tras aquellas palabras de Ali, las primeras en las que reconocía sus ofensas hacia su eterno rival, Frazier reconoció que había liberado su rencor hacia su oponente. “Me sentí agradecido, pero esperé a verle. Hablamos y quedamos en llamarnos y vernos cuando fuera posible. Pero no he vuelto a tener noticias. Espero que su vida y su salud vayan bien. Yo me siento bendecido por tener en perfecto estado, a día de hoy, toda mi salud: mis puños, mis piernas, mis ojos..”.
Hace un mes, los médicos diagnosticaron a Joe Frazier un cáncer de hígado. El tumor, en estado muy avanzado, le concede pocas posibilidades de sobrevivir. Una tragedia para cualquier hombre, pero nada nuevo para el gran ídolo de Fildadelfia. Él siempre se definió, en una serie de entrevistas con diarios locales, como un optimista incurable: “Soy un superviviente nato, he superado todo en mi vida. En Manila recibí golpes de Ali que habrían hecho tambalearse a una ciudad entera, pero los soporté. Tengo aguante, soy siempre optimista. El boxeo y la vida me han dado mil razones para llorar, pero yo siempre me he demostrado, a mí mismo, que tengo mil razones para sonreír”. El cáncer espera en una esquina, pero Frazier está dispuesto a subirse al ring. Está dispuesto a llegar al último asalto. Y Joe no es de los que huyen cuando escuchan el tañido de la campana.
Rubén Uría / Eurosport