Daimiel reflexiona sobre el componente racial de las últimas finales de la NBA. No es futbol, pero la reflexión es universal.
El baloncesto tiene sus raíces inquebrantables, sus esencias imprescindibles. Esos principios son los que son y no los que a veces nos cuentan. El uno contra uno es el principio de los tiempos, el libro del Génesis. En vez de Adán, Eva y una serpiente en el Paraíso el baloncesto se generó con un jugador, otro, un balón y una canasta. La calle, como la selva, es lo que más nos sugiere ese proceso germinal. La capacidad y el acierto a la hora de tirar, tan genéticos y a la vez tan dependientes del método y la repetición son mandamientos también primigenios. El baloncesto ganó complejidad y temática según se avanzó en el concepto colectivo. El tacticismo de los entrenadores ha intentado durante décadas depreciar el uno contra uno porque sobre ese baloncesto el técnico no tiene ningún control ni intervención. Pero lo han vestido de modernidad vacía, de frivolidad reciente cuando resulta que es núcleo de la gestación de este juego. Muchos se desprenden del desarrollo físico y la capacidad atlética de los jugadores, que ha sido explotada sin piedad e instrumentalizada para que los entrenadores muscularan su pizarra y según conviene también lo introducen en el equipaje de lo trivial y de, como se suele definir, los highlights que también explota la NBA.
Este debate ha estado plenamente integrado en las NBA Finals 2011. Se ha dibujado una polea de contrapesos entre dos baloncestos, entre dos maneras de ser y de actuar. Dos realidades contrapuestas que han dado lugar, por ejemplo, a la mejor audiencia televisiva en un sexto partido de una Final desde el año 2000.
No hay que olvidar el componente racial, quizás con una presencia sin parangón con al menos las Finales que yo he cubierto en vivo desde 1996. Todos los estadounidenses blancos con los que he hablado y que no estaban vinculados directamente a Dallas o a Miami deseaban la victoria de los Mavericks, pese a ser un equipo liderado por un extranjero, muy rubio, eso sí. Dallas ha captado a los blancos, a los ortodoxos, a románticos e historiadores. En realidad Miami Heat ha sido una gran expresión de respuesta al tópico del perfil del joven afroamericano de lo que llevamos de siglo: Ostentación, petulancia, evidencia del éxito y del business, arrogancia, moda, coches, casas, gafas y desafío en una ciudad muy dada a cosas así. Los Heat no pensaron en que podían perder hasta el último minuto del sexto partido y con el resultado final la NBA ha respondido simbólicamente a esa pretensión de dominar la liga por parte de un grupo de megaestrellas cobijadas bajo una misma empresa de representación y acción.
Rick Carlisle, el entrenador Dallas Mavericks, dijo tras proclamarse campeón que su equipo juega sobre el parquet y no en el aire. Wade y LeBron se mofaron de Nowitzki y de su tos sin percatarse de su historial y se revolvían contra las faltas duras en la cancha sólo si era Cardinal el que las cometía. Sus declaraciones, sus celebraciones en rondas previas, su actitud y pose no dejaba dudas de quién se iba a llevar el anillo. Teóricos de la sociedad estadounidense definen estas reacciones como respuestas a la marginalidad y a la inferioridad heredada. Líderes desde Luther King a Farrakhan o Jesse Jackson no han dejado durante décadas de recetar educación, formación, valores, conocimiento y principios como soluciones a esa mezcla de discriminación e insolencia pero el sistema no ayuda así como la disposición de unos y otros colectivos.
Volviendo al baloncesto, Dallas Mavericks fue el equipo más completo, el que mejor jugó. El que mejor decidió en la pista, el que mejor tiró y el más complejo y resultón en sus planteamientos tácticos. Boston no tuvo el físico ni Chicago el juego de ataque para poder vacunarse contra el vendaval de los Heat. Dallas sí tuvo los recursos y el capital. Los Mavericks siempre crecieron en la reacción y las soluciones a los problemas mientras que los Heat multiplicaron sus dudas, sus urgencias y como consecuencia sus imprecisiones. Un equipo fundamentado absolutamente en dos jugadores de perímetro que han intentado nueve triples por partido entre ambos y no han llegado a anotar un promedio de tres por encuentro, sin olvidar los 23 tiros libres fallados entre los dos, es complicado que pueda ganar una eliminatoria. Faltaron ajustes defensivos de equipo en Miami Heat así como un ajuste más en ataque para poder haber aumentado el número de tiros de sus hombres altos.
Dallas Mavericks creó una malla táctica para detener el paso a la pintura de Wade y LeBron James. Kidd, Marion y Stevenson como primeros defensores y Chandler y Nowitzki ayudando a siete metros de su aro para evitarlo. En ataque optimizaron su talento, su tiro y su capacidad de pase con un alto porcentaje de acierto en las decisiones, tanto en pista como desde el banquillo por parte de los técnicos. El baloncesto y la NBA han hecho justicia con carreras impecables como las de Nowitzki, Kidd, Marion, Terry y Stojakovic. La NBA le volverá a dar oportunidades a los Heat, así tiene que ser. Veremos cuál es su actitud en la derrota y en la carrera hacia un nuevo trofeo, si son capaces de atrapar con dignidad el merecimiento. En ocasiones gana quien se lo merece. Cuando ocurre, hay que alegrarse por ello.