Sergi Pàmies defendiendo al público operístico del Camp Nou.
Después de la discontinua y estupenda victoria del sábado contra el Racing, Josep Guardiola subrayó la influencia del frío y recordó que, en lo que se refiere a animar, no somos la alegría de la huerta precisamente. Es uno de los lugares comunes sobre el Camp Nou: que si tribuneros, que si cagones, que si nos gusta más sufrir que disfrutar. Como todos los tópicos, es una verdad a medias. A diferencia de otros estadios del planeta, donde sabes que el público se dedicará a cantar y a desgañitarse durante los noventa minutos pase lo que pase, el Camp Nou funciona con una paleta expresiva más compleja y matizada que, incomprensiblemente, siempre acaba siendo criticada.
Antes de continuar, tengo que confesarles que me encanta el estilo expresivo
del Camp Nou salvo cuando cae en la bajeza de hacer la ola o de ilustrar cada pase con lamentables “¡olés!” antideportivos y taurinos. Ya sé que, para hacernos los interesantes, nos ponemos solemnes hablando de Amfield o de la bombonera y que, fingiendo ser lo que no somos, reclamamos más animación.
Cuidado: la animación –al igual que la desanimación– la carga el diablo. Algunos lo intentaron con la Companyia Eléctrica Dharma y, en algunas noches de pesadilla, aún me despierto asustado, con el corazón latiendo al ritmo de la machacona La presó del rei de França. También se intentó dirigir
nuestras reacciones con los deprimentes muñecos hinchables situados detrás de las porterías y que provocan un efecto contrario al deseado: cuando les ves gesticular, piensas “Que animen ellos”.
No es estrictamente cierto que no seamos la alegría de la huerta. A veces, por ejemplo, nos da por aplaudir caprichosamente a tipos que nunca hemos visto jugar, como Affelay o, en su día, Larsson. Y, en cambio, nos resistimos a corear el nombre de grandes estrellas como Eto’o. Respecto a Bojan, cuando el entrenador dice que acabará siendo más fuerte que el Camp Nou, está siendo injusto.
El Camp Nou ha sido muy generoso con Bojan. Lo que ocurre es que ahora estamos preocupados al comprobar las dificultades que tiene para progresar. No hay nada malo en eso. Si, además, Guardiola insiste en que no lo quiere sólo para marcar goles, es lógico que la grada se mosquee si falla. Sería injusto convertir al Camp Nou en un obstáculo para la progresión de Bojan. Somos raros, sí, pero no nos comemos a nadie, ni siquiera a tipos objetivamente comestibles como Bogarde. En el fondo hacemos lo mismo que Guardiola. Él siempre rebaja los excesos y los sitúa en contextos más complejos. En su discurso, el carpe diem es una pieza más en un engranaje de objetivos a medio plazo. Esta contención se nota en su tono, que suele destilar pedagogía y sentido común contra el derrotismo y la euforia.
Pues el Camp Nou hace lo mismo. A veces aplaudiríamos porque sí, sin venir a cuento, a fondo perdido, pero luego nos damos cuenta de que hay que preservar el sentido crítico y nos contenemos. Otras veces, en cambio, estamos tan absortos por el juego del equipo, tan felices con su presión, su entrega y la coordinación de sus movimientos, que no nos da la gana despilfarrar energías cantando o vociferando y vivimos el espectáculo con una introspectiva y metafísica emoción.
Para desacreditar al Camp Nou, se solía decir que íbamos al estadio como si fuéramos al Liceu. Pues claro que sí. Y cuando el tenor se acerca al abismo del escenario y, con expresión de apuro prostático, inicia el aria que nos hará llorar, no podemos empezar a cantar “oéoéoé”, ni rebajarnos a surfear en una ola infantil. Y la alegría de la huerta sólo se manifiesta al final, con el aplauso y la gratitud, siempre duradera, que pervive en nuestra memoria, puñetera, de culés.