Siempre sentí admiración por el fenónemo Mike Tyson. No tanta por su capacidad de autodestrucción. Este relato de Ezequiel me hace cambiar de opinión. Uno va con lo otro.
“Soy vegano”, dice Mike Tyson, que lleva ocho meses con una estricta dieta vegetariana. Para enero espera su octavo hijo y su debut en Desafiando a Tyson. En la serie de Animal Planet, el ex campeón hablará de su amor por las palomas. Estará también en The Hangover II, la segunda parte de una exitosa comedia de Hollywood. “I can feel it, coming in the air tonight, oh Lord.”, canta como Phil Collins en Hangover I. Y agita sus brazos al ritmo de la batería. “Pu-pu-pu-pum”. Más cómico es su baile rap que también puede verse por la Web. Son imágenes impensables para quien durante años respondió al apodo de “The baddest man in the planet” (El hombre más malo del planeta). “No fui siquiera la mitad del hombre que creía ser. Me miro al espejo, y me digo: «Eres un cerdo, eres un reverendo pedazo de mierda».” Ivan Solotaroff, el periodista que lo entrevistó hace unos meses para la revista Details, le dijo que eso sonaba muy doloroso. “Es que yo podría haber terminado en prisión por asesinato, haber muerto de sida. Jamás pensé que llegaría siquiera a los 25 años.”
Tyson, que ya tiene 44, contó a Solotaroff que estaba atiborrado de drogas cuando en 1997 arrancó de un mordiscón parte de la oreja de Evander Holyfield. La confesión recorrió el mundo la semana pasada cuando The Guardian reprodujo la entrevista, diez días atrás. Pero no fue la única. Tyson, que noqueaba con su mirada asesina, cuenta a Solotaroff que aprendió a odiar a sus rivales viendo decenas de veces videos de viejos campeones. “El peor era [Jack] Dempsey. Te quería mutilar. No quería matarte. Quería que sufrieras.” A fines del 85, su primer año de profesional, Tyson subió al ring nueve días después de la muerte de su entrenador. Cus D’Amato era el padre que nunca tuvo. Lo recibió de un reformatorio al que Tyson había ingresado por robarle la recaudación a una prostituta. Fue su arresto número 38. Tenía 13 años. Eddie Richardson, su primer rival sin D’Amato, le duró apenas 77 segundos. “Sentí romperlo con mis manos”, declaró entonces. En febrero fue el turno de Jesse Ferguson. “Quise meterle el hueso de la nariz dentro del cerebro.” Ganó por nocaut 25 de sus primeras 27 peleas, 15 de ellas en el primer round. En 1986, segundo año de profesional, se coronó el campeón pesado más joven de la historia. Tenía 20 años. A Frans Botha, rival en 1999, le dijo que se bebería su sangre. Cuando salió de la cárcel -estuvo preso de 1992 a 1995 acusado de violación-, toda la prensa se preguntó si Tyson seguiría siendo el mismo. Si conservaría ese instinto asesino. Les escupió la oreja de Holyfield.
Aislado en una cárcel de 2,5 metros por 3,5, sin cama ni baño, Tyson se refugió “de la mierda de la prisión” leyendo a Voltaire, George Bernard Shaw, Maquiavelo, Mao, “Che” Guevara y Arthur Ashe. El preso número 922.335 se hizo musulmán. Otra vez libre, el ex convicto fue el mejor negocio de la nueva TV de pago. Una docena de mansiones, más de un centenar de automóviles de lujo, chicas y cocaína. A Sports Illustrated -cada entrevista es ahora una nueva catarsis- le contó que viajó tres meses drogándose por Rusia, Ucrania y Lisboa. Y que ya en Amsterdam, su dealer, horrorizado de tanto desastre, terminó echando de su habitación a rugbiers y mujeres en plena orgía. Llegó a tener siete tigres en su mansión, hasta que uno de ellos dejó sin brazo a un ladrón y las autoridades de Las Vegas le dijeron que debía sacarlos de la casa. En 2003 se declaró en quiebra tras dilapidar 300 millones de dólares. Esquilmado por Don King (“un negrero, un Tío Tom”), Tyson tuvo que seguir peleando hasta 2005 para indemnizar a víctimas callejeras y pagarles al fisco y a los psiquiatras que, según dijo, lo convirtieron en una farmacia ambulante para curar su depresión. “No puedo seguir mintiéndome. No voy a seguir arruinando a este deporte”, dijo al anunciar su despedida, en 2005, tras caer ante el irlandés Kevin McBride. Entre 2006 y 2009, cumplió al menos cuatro condenas de cárcel por drogas. Llegó a los 160 kilos. Evaluó una oferta para actuar en películas porno con Jenna Jameson, pero eligió The Hangover. “Lo hice -contó hace unos días- para alimentar mi adicción a las drogas.”
Hace seis meses murió Exodus, su hija de cuatro años. Su hermano, de siete, la encontró asfixiándose accidentalmente con una cinta en su casa de Phoenix. Fue un quiebre. Tyson, que estaba en Las Vegas, lloró al recordar el episodio en el programa de Oprah Winfrey. Diez días después se casó con Lahika Spencer, su tercera esposa. A la primera, la actriz Robin Givens, la había elegido como esposa segundos después de verla actuar por TV. “Cuando estaba sin un centavo, Lahika ha dormido conmigo en lugares a los que no hubiese llevado siquiera una prostituta.” Cuenta que se quitó 60 kilos de sobrepeso y que su dieta vegetariana le hace sentir “explosiones de energía”. Las páginas web especializadas saludaron su ingreso al mundo de los veganos. “Estamos excitados ante la noticia”, dijo Ecorazzi. AnimaNaturalis, uno de los mayores grupos de veganos en Iberoamérica, saludó la conversión de tipo “fisiológico, pero también espiritual y sobre todo ético” de Tyson. Una celebridad siempre es bienvenida. Significa mayor difusión para la causa, como sucedió cuando Natalie Portman o Pamela Anderson se convirtieron al veganismo. “¿Un ex violador es una buena imagen?”, se preguntaron otros. El boxeo dijo la semana pasada que Tyson ya cumplió su condena y lo incluirá en 2011 en el Salón de la Fama. El anuncio incluyó a Silvester Stallone, porque también Rocky, dijeron las autoridades, hizo mucho por el boxeo. “Si es así también podrían incluir a Robert De Niro por Toro Salvaje o a Will Smith por Alí”, se burlaron algunos.
La organización Gente por el Trato Ético a los Animales (PETA), el grupo vegano más grande del mundo, con dos millones de miembros, puso el grito en el cielo. Dijo que el programa de Animal Planet descalifica a Tyson como vegano, pues incluye la utilización de palomas de carrera. Las aves, denunció, son alejadas hasta 800 kilómetros de su hogar y viven experiencias traumáticas en medio de tormentas y cables de alta tensión. El veganismo no sólo es evitar ingerir productos animales, sino también abstenerse de su explotación, recordaron miembros de PETA. Otros pidieron más comprensión para un hombre que está revisando su vida. Tyson dio su primera trompada por su amor a las palomas. Fue contra Gary Flowers, un grandote que quiso robarle su mascota. Mike crió palomas en la pobreza de Brooklyn. Animal Planet lo llevó hace unos días a su vieja casa de Brownsville para recordar esos tiempos. Ahora es una zona residencial, con vigilancia y jardines. Tyson quedó impactado con los cambios. “Mi vida -le dijo a Solotaroff- es como un tornado, pura destrucción y a la mañana siguiente uno se pregunta qué pasó acá.” Lo que pasó suele contarlo él hoy mejor que nadie. Habla de los “demonios” que tiene dentro de su cabeza. Y dice que es adicto a la perfección, pero también al caos. “El caos perfecto”, sonríe.
Cuando estuvo preso ocho años atrás, Tyson fue visitado por Maya Angelou. La poeta y novelista, cuya madre fue prostituta, fue violada a los ocho años y permaneció cinco muda. Recuperó el habla porque amó las palabras. Angelou, que leyó uno de sus poemas en la asunción de Bill Clinton como presidente de los Estados Unidos, se conmovió cuando Tyson le recitó sus poemas. Especialmente uno que lleva por título “Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado”. Una vez le preguntaron a la escritora Joyce Carol Oates si el boxeo era una metáfora de la vida. “No creo que el boxeo sea metáfora de algo -respondió-; sí, podría aceptar que la vida es una metáfora del box.”